La Sabana de Lydia Rubio

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Eduardo Serrano

Casi siglo y medio después de que el pintor Frederic Church hubiera decidido representar algunos de los lugares más emblemáticos de la Sabana de Bogotá y más de un siglo después de que los pintores de la Escuela de la Sabana hubieran decidido hacer de la meseta cundiboyacense el motivo central de unas obras pictóricas emocionadamente nacionalistas, Lydia Rubio, una artista cubano-americana radicada en Colombia, vuelve a mirar la Sabana como una región sugerente, como un lugar privilegiado que estimula la creatividad, y vuelve a representarla con conceptos actualizados y con argumentos particulares, novedosos y enriquecedores.
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Para Lydia Rubio la Sabana es uno de esos lugares mágicos que, como el caso de la región de Viñales de su país natal, la ha seducido y la ha hecho repensar sus relaciones con el mundo, reconsiderar la intensidad de sus percepciones y experimentar con nuevas formas de representarlas. La artista ha decidido “poseer” la Sabana en el sentido de apoderarse o absorber su energía, su esencia, y partiendo de esta premisa ha realizado un tipo de pinturas relativamente realista, puesto que los lugares, la vegetación y la luz son perfectamente reconocibles, pero que hacen claro que la artista ha creado su propia Sabana; una Sabana diferente a la que conocemos y diferente de la de Church o la de Zamora; una Sabana cargada de ensoñación, que pone de relieve una especie de comunión con la naturaleza, y mirada con ojos nostálgicos, caligráficos y geométricos. Al mirar sus pinturas vuelve a la mente el estribillo que cantaron los soldados del conquistador Jiménez de Quesada al poner pie en el altiplano después de una dolorosa travesía: tierra buena, tierra buena, tierra que pone fin a nuestra pena.
Rubio representa su Sabana en una serie debidamente numerada permitiendo al observador seguir sus pasos y su entusiasmo ante los escenarios a su disposición y los puntos de vista escogidos. Cuando no se trata de tondos o pinturas de soporte circular, una circunferencia que se le superpone pareciera orientar la mirada hacia el meollo de la obra, hacia lo fundamental, hacia su centro, pero el hecho de tratarse de una serie numerada pareciera indicar igualmente un proceso cuyo final aún no se vislumbra. Cada obra es, por consiguiente, una unidad en sí misma, una idea cabal, completa consumada, y simultáneamente es parte de un conjunto con el cual comparte intenciones, observaciones y atributos. La mayoría de las obras son dípticos que en ocasiones ostentan formas diferentes como un cuadrado y un círculo que se tocan sutilmente otorgándole continuidad al paisaje, pero que otras veces dan la impresión de representar dos miradas de un mismo lugar, y otras veces parecieran una consciente conciliación, de las construcciones y los plásticos que protegen y ocultan los cultivos industriales, con la naturaleza.
La idea de fragmentar el paisaje que la artista considera como un reflejo de situaciones y rupturas en su vida y en la vida en general, no es nueva en su obra y se evidencia en esta exposición en el hecho de que algunos de los panoramas y parajes que presenta no sólo sean dípticos, sino también polípticos, y especialmente en el recurso de dividir algunos de los tondos en dos medialunas, las cuales, a pesar de ser una continuación una de la otra, se muestran dislocadas, articuladas sólo por la imaginación del observador. Algunos de sus polípticos constan de cinco, seis o más piezas de formato variado pero siempre geométrico, separadas en su realización, pero unificadas en su intención de presentar diferentes facetas de un mismo lugar, y que involucran en su apreciación el
muro que las sostiene, el contexto, pareciendo reiterar de esta forma su naturaleza o condición de representaciones pictóricas.
Se ha dicho que el mapa es el símbolo por excelencia del arte contemporáneo puesto que sugiere territorios que lo trascienden, y la obra de Lydia Rubio ciertamente sugiere territorios más allá de los que representa; territorios que permiten entrever, desde la exaltada imaginación del viajero, hasta la añoranza de los más caros recuerdos, y desde el sentimiento y las licencias de la poesía, hasta el misterio de las evocaciones, es decir, de los llamamientos de comparecencia del espíritu o carácter del espacio representado, en este caso, de la Sabana.

 

La exposición se halla complementada por un libro de artista, es decir, por un libro único que es un eje importante en la muestra, puesto que recoge y compendia muchas de las nociones, los conceptos, y las motivaciones de la autora. El libro, como objeto que demanda cierta intimidad en su apreciación, cierta cercanía, permite una fructífera interacción con las ideas iniciales de la artista a través de sus elocuentes dibujos así como de su exquisita caligrafía, y ofrece atisbos de lo que pudieron ser sus primeras reacciones ante el espectáculo de la Sabana y de los cerros que la circundan, En el libro se pueden comprobar además, los extensos alcances de sus investigaciones acerca de los lugares representados, evidenciados en las citas de personajes a quienes también deslumbró la región como Humboldt y Church.

 

La obra de Lydia Rubio, en conclusión, invita por igual a la contemplación y a la reflexión. A la contemplación por su excepcional calidad pictórica, por el atractivo de cada obra en particular, por su armónico colorido, sea hacia los tonos tierra del suelo o hacia los tonos verdosos de la vegetación, y por esos aires de ensoñación que contagian fácilmente a quien los observa con el ánimo de percibir su contenido, e inclusive a quien los mira desprevenidamente.  Y así mismo invita a la reflexión, no sólo por tratarse de la continuación de una importante tradición en la historia del arte colombiano renovada en sus miras y características de ejecución, sino igualmente por sus clarificadoras implicaciones acerca, por ejemplo, de que en la pintura de paisajes, la belleza o particularidad del lugar representado tienen gran relevancia, pero de que son
realmente los pensamientos que suscita y la inspiración que provee, aunadas a la personalidad, experiencia y convicciones del artista, lo que realmente constituye el contenido de las obras, tanto en su estructura intelectual, como en su concepción estética.